Que tenía muchas «caras» no lo intuía. Pensaba que uno tenía dos o tres como mucho.
Con el tiempo afortunadamente he tenido la oportunidad de descubrir muchas de ellas que andaban negadas, ocultas. Escondidas en el baúl. Ahí han estado el teatro o la psicoterapia gestalt, para ayudarme a sacarlas, moverlas, y jugarlas.
Esta es una más. De hace unos minutos. Habla de confianza.
Es de las que ha tocado buscar y revolver bien bien para encontrar. De esas que al principio parecían careta en vez de cara. De esas que ha tocado probarse, a ver cómo queda.
Y como en todo disfraz, primero como que no te haces a él. Como que te sientes extraño dentro. Hasta que comienza a diluirse el límite y comienza a formar parte. Y entonces descubres que el disfraz no es tan disfraz. Aunque toque ponérselo muchas veces, y mirarse al espejo con él, y moverse con él para aprender a caminarlo.
Todo para darme cuenta al final de que no era tan disfraz.
Confiar es una de esas caras que he tenido la suerte de encontrarme. De probarme y después de mucho ir probando, quedarme.
Y como sé lo que ha costado y lo que sigue costando, la reivindico. La miro y la muestro. Pues una vez puesta, sienta fenomenal.
Una cara más, pero no una cara cualquiera. A confiar se aprende confiando. No hay más. Poniéndose el «disfraz», y moviéndolo.