Escribir nuestro propio libro.

Hoy día del libro, voy a dedicarlo a desear que al final de nuestras vidas y en la medida de lo posible, cuando echemos la vista atrás, podamos sentir que hemos escrito nuestro propio libro.

Sí, de pequeño leía mucho más que ahora. Me sumergía en esas historias, envidiaba esa capacidad de inventar de los escritores (soñaba con ser escritor), y sobretodo, envidiaba a esos personajes, pues todo lo que vivían y lo que les pasaba era más interesante, más apasionante.

A los 22 años o así, escribí un relato: «Desconcierto a tamaño 14», que narraba el encuentro entre un personaje y su escritor, en la biblioteca de la universidad donde estudiaba psicología. Sí, el escritor citaba a su personaje, un alter ego, en la biblioteca, y éste, de repente, era consciente de que su vida era una pantomima, pues no dejaba de ser la creación de otro ser, de un escritor que expresaba su necesidad de vivir otras vidas.

Siempre me interesó el relato, y de un tiempo a esta parte me interesa todavía más el relato vital, la capacidad que tenemos de escribir, si así lo queremos, nuestra propia vida y dotarla de esa magia de las historias de otros.

Los libros se convirtieron en pelis: E.T., Amelie, Mary Poppins, Bailando bajo la lluvia, Los amantes del círculo polar, Moulan Roige, Mi vida sin mí, Piedras o Billy Elliot marcaron un momento concreto de mi vida.

Ahora, fue Big Fish la película que en ese sentido me mostró a un personaje que hacía exactamente eso, crear su propia novela, y regalársela al mundo. Con esa historia sentí tantas similitudes, entendí muchas cosas, me entendí de pequeño, imaginando mi entierro, entendí el sentido de mi vida y lloré mucho, mucho en aquel cine.

Ahora, si un libro marcó mi existencia, fue «El alquimista». Lo leí en aquel primer viaje solo de mi vida, a Lisboa, aquel viaje que también me cambió, en aquel momento en que mi mamá pasaba por una depresión, yo había dejado las becas de investigación y esa «carrera investigadora» en la universidad no conectada con mi corazón, y estaba perdido.

Más allá de todas las sincronicidades y señales que aparecieron en mi vida en aquel momento, la lectura de El Alquimista supuso un antes y un después, pues tuve claro clarinete desde aquel instante, que el viaje hacia el tesoro era largo y se dirigía hacia uno mismo, ahí estaba el tesoro, era ahí adonde debía dirigir mi búsqueda y ya desde ahí, vivir y compartir.

Desde entonces, no he dejado de tenerlo claro.

Tenemos una capacidad y diría un compromiso, enormes, aunque impliquen otro curro enorme: escribir nuestra propia vida y convertirla en ese libro que nos gustaría leer de viejitos y compartirla con los demás, para inspirar a otrxs a hacer lo mismo.

De un tiempo a esta parte, los libros vienen siendo las pequeñas aventuras que me he regalado con la fotografía como excusa: esos viajes al norte de Francia, al círculo polar ártico o a Jordania; esos encuentros con desconocidos, en los trenes, en la noche, en sus camas. Los libros vienen siendo las fotografías ante las que me quedo parado, y que me impulsan a imaginar.

Los libros son maravillosos, pero cuántas veces los hemos leído para evadirnos, escapar de nuestras vidas e imaginarnos en otras, siempre mejores, siempre más interesantes.

No dejemos de leer, de sumergirnos en otras historias que nos inspiren y que nos hagan soñar.

Ahora, no olvidemos nunca que nuestra vida es el mejor libro que leer, que escribir, que contar y sobretodo, que vivir.

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